El Papa Francisco nos muestra el corazón del Adviento

diciembre 14, 2020

Foto por Mani Babbar

«Los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento” (Salmos 19: 2)

“Dios ha escrito un libro precioso, «cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo» […] «Percibir a cada criatura cantando el himno de su existencia es vivir gozosamente en el amor de Dios y en la esperanza»” (Laudato Si’ 85)

Por el Obispo Robert W. McElroy
Obispo de San Diego, California (EE.UU.)

El salmista proclama: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento”.

Y Laudato Si’ responde: “Dios ha escrito un libro precioso, «cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo» […] «Percibir a cada criatura cantando el himno de su existencia es vivir gozosamente en el amor de Dios y en la esperanza»”

“Esta contemplación de lo creado nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir, porque «para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa»”. (LS 85)

“Podemos decir que, «junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche». Prestando atención a esa manifestación, el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas: «Yo me autoexpreso al expresar el mundo; yo exploro mi propia sacralidad al intentar descifrar la del mundo»” (LS 85)

El Papa Francisco nos señala el núcleo de la realidad de Adviento al reunir los temas de la paradoja, la esperanza, la gloria y la gracia divina que rodean nuestro viaje de peregrinación en esta Tierra y el orden creado que nos acaricia en cada momento de nuestra vida.

El Adviento es un momento único de paradoja en la vida del discípulo cristiano, porque mezcla el abrumador don de nuestra redención realizada en la belleza de la Encarnación y las continuas debilidades humanas que nos impiden aprovechar la plenitud de la gracia ofrecida por Dios.

El Adviento es un recordatorio de que la existencia humana está constantemente bañada por el amor sobrecogedor de Dios, pero siempre es un tiempo de espera, de expectativa, porque la plenitud de la justicia y la luz de Dios sólo se encuentra en el futuro.

Considerando el telón de fondo de esta fe de Adviento, debemos reflexionar profundamente sobre el mensaje que nos da la creación, escuchando una voz paradójica y silenciosa.

La voz de la creación habla del amor íntimo y abrumador que Dios tiene por cada uno de nosotros.

La belleza pura de la creación nos deja sin aliento, en el exquisito diseño de una orquídea, la magnificencia del león, y el esplendor de un avestruz emplumado.

El asombroso encanto de una magnífica puesta de sol, o una montaña de granito grabado, o la inmensidad de los océanos, todo apunta a la trascendencia y la benevolencia unidas en el rostro del Dios Trino.

Son estas realidades las que dan forma a las palabras de Laudato Si: «… yo exploro mi propia sacralidad al intentar descifrar la del mundo».

Sin embargo, tristemente este no es el único mensaje que la paradójica voz de la naturaleza nos trae en este momento de la historia humana.

Francisco escribe que para el creyente contemplar la creación es escuchar un mensaje de nuestro Dios. Y ese mensaje reverbera trágicamente con los gritos de la creación que son generados por el egoísmo humano, la codicia y el impulso de dominio.

El Adviento es un tiempo de espera que marca la presencia de la pecaminosidad en el corazón humano, y la gran distancia entre nuestra vida personal y social y el orden de justicia y armonía que Dios ordenó en los primeros momentos de la creación.

Nuestro Adviento es un tiempo de penitencia y realismo cargado por las implacables cicatrices y heridas que infligimos diariamente en los océanos, los cielos, la multitud de criaturas vivientes cuyo futuro hemos puesto en peligro mortal.

Laudato Si’ enseña que «yo exploro mi propia sacralidad al intentar descifrar la del mundo». Pero en este momento de la historia del mundo nuestros esfuerzos por descifrar lo sagrado del mundo también revelan nuestro rechazo personal de lo sagrado en nuestros valores, nuestros estilos de vida y nuestra ceguera.

No podemos pasar por alto el hecho de que la Encarnación señala incesantemente la importancia de nuestras acciones en el mundo.

Porque el nacimiento de Jesucristo constituye la entrada de Dios en la historia humana para dar testimonio de lo sagrado de esa historia, no de su insignificancia. Y así, precisamente como creyentes en el Señor Jesús, debemos asumir la defensa del orden creado contra cada acto y estructura de abuso ambiental que lo deforma.

La necesidad de nuestra propia conversión ecológica personal y la conversión de la sociedad global forman un elemento constitutivo del Evangelio para nuestros días. También representan un reconocimiento de Adviento de que la pecaminosidad humana es una realidad poderosa incluso en la estela de la redención forjada por Jesucristo.

Pero la debilidad humana y la pecaminosidad no son la nota final de la fe genuina de Adviento.

Para el discípulo fiel que se complace en la gloria de la creación y la Encarnación, aun reconociendo la enorme brecha entre la justicia y la paz de Dios y la realidad que el mundo ha forjado, reconoce que el esfuerzo humano en la fe y la esperanza siempre va acompañado de la obra y la gracia de Dios.

La esperanza cristiana no es la creencia de que todo saldrá bien. Eso es mero optimismo.

La esperanza cristiana es la convicción de que en tiempos de grandes dificultades y sufrimientos, Dios encontrará la manera de estar con nosotros a nuestro lado.

Dios está a nuestro lado en las bellezas del orden creado que nos rodea, Dios está a nuestro lado en la luz de la Encarnación y la Cruz, la Muerte y la Resurrección por la que hemos sido redimidos.

Dios está a nuestro lado en los rostros de mujeres y hombres heroicos, santos entre nosotros, que se han sacrificado enormemente para ayudar a otros en esta época de pandemia. Y Dios está a nuestro lado llevándonos hacia el Reino de Justicia y Paz que constituye el destino final y la gracia de la humanidad.

El obispo Robert W. McElroy es el sexto obispo de San Diego, California (EE.UU.), y fue nombrado por el Papa Francisco en 2015. Compartió por primera vez esta reflexión durante un Servicio de Oración Mensual Laudato Si’ el 4 de diciembre. Puedes ver el servicio de oración completo aquí y más abajo. Para más reflexiones bíblicas y recursos para el Adviento, haz clic aquí.